Recuerdo muchos otros títulos y situaciones relacionados con el respeto a la tierra entendida como propiedad privada y luego como reserva de una naturaleza maltrecha a la que vamos a salvar con nuestra tozudez ante la lógica del sistema (la irlandesa The field, el anciano que no quiere vender su tierra en “Crematorio”,  la casa de Up -esta más urbana desde luego-, el entrañable furtivo Tasio -a este la falta la propiedad- negándose a ir a la ciudad con su hija). En este caso, la tierra y la propiedad vienen representadas por ese olivo poderoso, que nos pone en contacto con los orígenes de nuestra cultura, con el cercano oriente, con Grecia, con Roma, con todo lo que representa el mediterráneo como reserva ecológica y luminosa frente al frío y desarrollado norte. Un sur que también tiene su parte oculta y su codicia particular, a pesar de la luz y la cultura humanística que aquí se generó. Y es que es un árbol que en la imaginación de un niña semejaba un monstruo o una criatura enigmática.

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Son muchos los temas que toca la película y sin duda el que más me ha interesado es la denuncia de las consecuencias que los años de derroche y fastos que vivimos en nuestro país hace nada, y que nos hicieron peores porque perdimos de vista eso que suele ser invisible a los ojos y que tarde o temprano nos enfrenta directamente.  Ese restaurante abandonado en la primera de playa es una imagen plástica desnuda, sin indirectas ni sugerencias de ningún tipo, de esos “fabulosos años”, una codicia a la que se pone cifra concreta y en la que se retrata, más que a unos políticos o a una generación, a un país entero.

Es cierto que los personajes no están muy desarrollados, y me cuesta entender porqué esa niña mimada por su abuelo está tan enfadada con el resto de la familia (hay veces que me pregunto dónde está el resto de la familia tras la debacle de un ciclo destructor) y soporta tan estoicamente el asfixiante trabajo dentro de la nave con los animales (mientras que no es capaz de soportar a esas otras alimañas humanas que rodean su entorno de trabajo) . Pero me gusta el personaje de Javier Gutiérrez que representa al que no fue capaz de decir basta y la verdad en un momento en que se dejó llevar por la corriente de la mentira generalizada y rentable y sin embargo está en camino de reencontrarse a sí mismo (tarea nada fácil esa de dejar de mentir y dejar de mentirse a uno mismo. También me ha gustado la parte de road movie que nos lleva desde Levante hasta las orillas del Rhin, con ese cargamento irónico en el camión.

Por supuesto que el tema de la lucha entre las grandes corporaciones y los temas ecologistas salen a la luz en esta entretenida película de Icíar Bollaín, que no es la mejor de las que ha hecho, pero tiene su sello.

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Es la historia de las raíces, de la riqueza de lo que está por debajo de la tierra, lo que nos sujeta en un lugar del mundo, lo que nos acompaña aunque atravesemos océanos. Es la historia de esa madera tan añeja y verdadera, que es capaz de retorcerse y desplegarse durante miles de años, tozuda, viva, envolvente. Y, porqué no, de esos brotes pequeños con los que hacer un injerto que abra nuevas perspectivas. Salimos del cine queriendo aprender a hacer injertos.

 

 

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