Manuel Freijó es uno de los autores que el periódico El País tiene en nómina para, en medio de una línea editorial hostil a lo religioso en general, reflexionar con cautela y sosiego sobre asuntos filosóficos y religiosos trascendentales. Es evidente que la muerte es el asunto por excelencia (el suicidio, que decía el otro, tiene bastante que ver ¿no?).

Pues aquí nos ofrece unas cuantas leyendas sobre la muerte y su significado antropológico en pueblos diferentes, con algunas pinceladas de referencias filosóficas y teológicas (Unamuno, Nietzsche, Rahner,

 Rahner entendía la muerte en clave de generosidad. Morir, escribió, es “hacer sitio” a los que vendrán después, es nuestro último ejercicio de amor, responsabilidad y humildad. Es incluso nuestro postrer ejercicio de libertad. Rahner escribió páginas memorables sobre la aceptación libre de la muerte.
Los cortejos fúnebres suelen evitar el centro de las ciudades. Se argumenta que lo hacen para no entorpecer el tráfico, pero los mencionados sociólogos se malician que los motivos son otros: restar visibilidad a la muerte, evitar a las sociedades bien instaladas en el éxito y el triunfo la contemplación del último viaje, del camino sin retorno. “La verdad de las cosas finitas —escribió Hegel— es su final”. Y un buen conocedor de Hegel, el también filósofo Eugenio Trías, evocó la muerte como “el inicio del más arriesgado, inquietante y sorprendente de todos los viajes”.
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