Es 2017 y ya hemos comentado varias veces que es una fecha emblemática para hacer en el instituto algo relacionado con este acontecimiento histórico que tanta influencia ha tenido en la deriva del siglo XX y que sigue siendo una piedra de toque irrenunciable a la hora de valorar la deriva que sufrió el materialismo histórico en manos de políticos especiales.

En Babelia (28.1.2017) se hace un repaso a libros, exposiciones, y documentos varios con la intención de ofrecer un fresco sobre lo que se escribe y valora un siglo después sobre la revolución comunista. El artículo es de plena garantía, está firmado por Santos Juliá y merece una lectura pausada. Un artículo que arranca rememorando el famoso viaje en un tren desde Zurich hasta Sassnitz, al norte de Alemania, y su posterior continuación en barco y tren hasta Petrogrado.

Las ideas que resalto son:

  • El lema de Lenin: ningún apoyo al gobierno provisional, paz, pan y tierra para los campesinos, y todo el poder a los soviets. Ante esa hoja de ruta, el líder menchevique Nokolái Chjeidze, sentencia: “Lenin ha hecho suyas las palabras de Hegel: ¡Qué importan los hechos!”, en una elaboración sabia del famoso y polémico “Todo lo racional es real”.
  • ¿Qué ocurrió después? ¿Una revolución consciente del pueblo para transformar la sociedad? ¿O un golpe de Estado para imponer un tipo de poder diseñado por unos pocos que se basó en el terror y la violencia?
  • Para algunos lo que surgió de la revolución fue la civilización del futuro, la llegada de una economía centrada en las necesidades humanas, el advenimiento de un mundo nuevo que se sobreponía a los vicios burgueses (Sidney, Beatrice Webb). Era una revolución que buscaba la paz, acabar con el colonialismo, armonizar el individualismo con el comunismo (A. Gide). Malraux se siente fascinado por su eficacia más que por su catadura moral o intelectual. Y en esta línea siguieron un montón de intelectuales (Eluard, Mann, Gorki, Shaw) asistentes a los congresos de escritores en defensa de la cultura que hubo por doquier en años posteriores y donde los participantes se sentían miembros de la vanguardia que iba a construir un mundo y un hombre nuevos.
  • Pero las diferencias comienzan cuando no se habla ya de la revolución sino de la naturaleza de la URSS. La ausencia en un primer congreso de Babel y Gorki, las críticas posteriores de Gide a lo que ha visto en sus viajes por el nuevo Estado -un mundo uniforme, unas gentes pasivas- ponen la primera voz de alarma, que no evitó que a Gide se le considerase inmediatamente como un monstruo fascista y burgués decadente.
  • La segunda crítica fuerte fue la de los escritores que arremeten contra la figura de Stalin, que había eliminado físicamente a toda la vieja guardia bolchevique y que provoca la Oscuridad a medio día (elocuente título de una obra de Arthur Koestler) seguida después de la guerra (en El dios que cayó, Koestler, Gide, Ignazio Silone, Spencer, Richard Wright y Louis Fischer, escriben despiadadamente contra el régimen). Como dice Juliá, ha nacido el amplio mundo de los excomunistas.
  • En la guerra fría encontramos defensores del régimen: Sartre afirma que la violencia comunista era el humanismo proletario, la justicia sumaria de la historia. Francis Jeanson, crítico de Camus, afirmó que pese a todo había que estar con el estalinismo pues su fórmula era la única que podía llevar al fin deseado. Incluso M. Merleau-Ponty (¡qué ignorante soy!) se apunta a la defensa del sistema comunista estalinista pues encarna la conciencia y los intereses del proletariado, por lo que las purgas y refriegas eran necesarias e históricamente justas. En una formulación sublime del principio de que el fin justifica los medios afirma que una revolución no define el delito según el derecho establecido, sino según el de la sociedad que pretende instaurar (que se lo pregunten a Bujarin).
  • Nikolái Bujarin es presentado por Juliá como el salvador de la revolución que no pudo ser. De haber triunfado su fórmula lo que habría surgido sería un socialismo democrático, pacífico, libre de terror, es decir, el socialismo de rostro humano que quedó definitivamente enterrado en 1929 (Richard Pipes no está de acuerdo con esta tesis pues piensa que fue en febrero de 1917 cuando aconteció la verdadera revolución que fue eliminada inmediatamente en octubre por un partido político que ejerció todo su terror para hacerse con el poder; es decir que lo que hizo Stalin ya lo representaba Lenin. En una muy interesante crítica de Juliá, valora a Pipes como un digno representante del reaganismo (fue asesor del presidente vaquero) más fundamentalista, para quien “el enemigo es ahora como fue desde el principio”).
  • Con la caída del Muro, se descubrió que el emperador estaba desnudo definitivamente, el fin de una ilusión en palabras de François Furet, que no dejó ningún legado. Si acaso el sueño de la revolución y los días de triunfo y fraternidad, en la línea de Eric Hobsbawn que había imaginado que todala humanidad entraría por las puertas de la historia abiertas por Lenin, pero que resultó una horrendo y triste fábula. De la revolución no ha quedado ni el homo sovieticus tal y como relata de manera estremecedora Svetlana Aleksiévich.
  • Qué importan los hechos, los muertos, las hambrunas, las injusticias, al lado de los “momentos sublimes” de la revolución. No puede evitar acordarme, salvando todas las distancias, por supuesto, de Alberti catalogando de “belle epoque” aquellos duros años del Madrid de la guerra.
  • Y una última referencia a Alain Badiou que lebora la hipótesis comunista según la cual no hay que ocultar los hechos pero se dan como no pertinentes. Si la revolución y el comunismo se han revelado como una forma de transición cruel y tardía del feudalismo al capitalismo, peor para los hechos. Santos Juliá acaba, pues, del lado de los hechos que es lo que nos dejó la caída del Muro, con su desencanto, su apagamiento de la utopía, y su desnivelamiento de la balanza.

 

LECTURAS PARA UN CENTENARIO

La revolución rusa. Richard Pipes. Debate.
El tren de Lenin. Los orígenes de la revolución rusa. Catherine Merridale. Crítica.
La revolución rusa. La fábrica de una nueva sociedad. María Teresa Largo Alonso. Catarata.
Cartas desde la revolución bolchevique. Jacques Sadoul. Turner.
Medianoche en el siglo. Victor Serge. Alianza.
El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS. Andreu Navarra. Fórcola.
El fin del “Homo sovieticus”. Svetlana Aleksiévich. Acantilado.
El siglo de la revolución. Una historia del mundo de 1914 a 2017. Josep Fontana. Crítica (febrero).
Breve historia de la revolución rusa. Mira Milosevic. Galaxia Gutenberg (marzo).
La venganza de los siervos. Rusia, 1917. Julián Casanova. Crítica (abril).
La Revolución Rusa. Una historia para todos. Neil Faulkner. Pasado & Presente (junio).

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