El debate sobre la pertinencia de estudios humanísticos, en este caso filosóficos, es de lo que trata el artículo de Víctor Gómez Pin que publica El País el 31 de diciembre de 2016.

En la edición en papel no he visto este bello grabado de Aristóteles con Alejandro, y por eso lo dejo aquí también.

Alejandro Magno recibe lecciones de Aristóteles.

Después del relato de un interpretación musical en un campo de concentración por parte de Olivier Messiaen, probablemente el lugar menos indicado para este tipo de frivolidades artísticas, Gómez Pin acaba defendiendo la simbolización necesaria a través de arte en cualquier situación así como estableciendo una genial relación entre ciencia y filosofía: la filosofía como destino final de la ciencia.

Y es que el objetivo de la ciencia no puede ser otro que el intentar aclarar lo que somos, aunque eso sea “eventualmente de total irrelevancia para nuestra existencia”, en palabras del físico Max Born. Y añade Gómez Pin: “Irrelevancia para la existencia empírica, pero fundamental para la dignidad des espíritu humano”.

La situación de la filosofía nunca ha sido buena, concluye Gómez Pin; sin ella ni la Apología de Sócrates, ni los Diálogos de Galileo, ni el Discurso del Método, habrían existido. Lo propio de la filosofía es que aparece cuando las condiciones parecen imposibles, como cuando Kant hablaba de aquella catástrofe que sumiese a la humanidad en una época oscura. Allí se encendería la llama de las preguntas humanas.

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