Llevo semanas con un recorte de prensa en la carpeta que se titula “¿Qué es la dignidad?”, un artículo de Javier Gomá Luzón que escribe poco tiempo después de la muerte de su padre y en el que reflexiona sobre la dignidad, lo que nos hace ser lo que somos, eso precisamente que se pone en entredicho con la muerte.1466611644_402913_1469795457_noticia_normal_recorte1

El artículo arranca con lo que Kant llamaba el escándalo de la filosofía (el hecho de que falte un argumento decisivo sobre la existencia de la realidad objetiva fuera del yo) y que Gomá cambia por la falta de un argumento decisivo a estas alturas de la película sobre lo que sea la dignidad. En la misma línea nos recuerda que Kant distinguía entre lo que tiene precio y lo que tiene dignidad, entre lo que puede ser sustituido sin mayor problema y lo que es “inexpropiable, lo que hace al individuo resistente a todo, incluso al interés general y al bien común: el principio con el que nos oponemos a la razón de Estado, protegemos a las minorías frente a la tiranía de la mayoría y negamos al utilitarismo su ley de la felicidad del mayor número”.

Este principio de la dignidad arranca de la Ilustración como algo inmanente de lo humano, algo que los hombres nos otorgamos a nosotros mismos y a todos los que nos rodean como condición previo para comenzar luego a establecer otras convenciones. Este concepto ilustrado cambia en el siglo XX a consecuencia de su democratización (en Kant es digno el que a través de su racionalidad se hace digno) por la que cualquiera haga lo que haga, argumente como argumente, nunca deja de tener dignidad (es lo que en tantas clases nos provoca perplejidad ante las respuestas del alumnado que no entiende que el salvaje asesino siga teniendo dignidad en cuanto ser humano). Es lo que Gomá comenta al hablar de esas personas que ven reconocida su dignidad aunque su vida sea odiosa e indigna, lo que lleva a esa paradoja de que el resto de la humanidad queda colocada en situación de deudora frente a ese malvado. El aforismo de Juan de Mairena aclara el asunto: “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”. Un asunto muy interesante para leer y pensar sobre ello.

La dignidad originaria de la que hablamos tiene una contrapartida terrible en lo que Gomá considera la mayor de las indignidades posibles: la muerte (recordemos el contexto del que hablábamos al principio), esa paradoja metafísica que les espera a los seres dotados de dignidad de origen y abocados extrañamente a una “indignidad de destino”. Tenemos la mayor dignidad posible porque somos seres racionales y capaces de lo mejor al tiempo que el destino que nos espera es similar al de los seres menos evolucionados.

La felicidad, por tanto, es algo que queda imposibilitado para nosotros, los contemporáneos, para quienes por encima de ser feliz está ser individual, algo que la muerte destroza sin compasión. “Lo nuestro ya no es ser felices” -me acuerdo aquí de Aristóteles, claro- “sino ser dignos de ser felices, aunque de hecho no podamos serlo”.

La frase final del artículo me parece memorable, para traerla a colación al final de las clases sobre Kant: “Compórtate de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta“.

El artículo de Gomá se puede leer completo aquí.

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